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La crisis iconoclasta en la Iglesia Oriental (1) Siglos VIII-IX
Presupuestos histórico-teológicos1. El ícono como imagen de culto
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Al tiempo el chrismon se unió a un retrato simbólico de Cristo: el símbolo cristiano se hace símbolo eficáz, ya que ayuda a los soladados y aquienes le invocan. De aquí también surgen los rostros arquetípicos de Cristo, sustituyendo inclusive al retrato del emperador, adquiriendo por este lado la misma «presencia» que inspiraba la figura imperial.
El concilio de Elvira (300-303) se pronuncia contra las imágenes en las iglesias por el temor a la idolatría pagana.
Eusebio de Cesaréa en carta a Costanza, hermana del Emperador que le pedía una imagen de Cristo, le dice que no es posible tener una imagen de la humanidad glorificada de Cristo: «Quieres conocer la imagen de Cristo como esclavo o la del Cristo inmutable...» Eusebio dirá que el Cristo conocido según la carne no existe más.
Los monofisistas absorven la humanidad de Cristo en su divinidad, por lo tanto despues de la resurrección no es representable.
En los siglos IV y V hay muchos obispos e inclusive santos que se oponen a la veneración de las imágenes, tanto en oriente como en occidente: Epifanio de Salamina (315-403) dice: ...tened siempre a Dios en vuestros corazones, y no en la iglesias, porque es indigno para un cristiano tener que recurrir al auxilio de los ojos y de los sentidos para permitir que la propia alma se eleve a Dios.
San Gregorio Magno por el contrario defenderá a las imágenes porque tienen una función catequética para los fieles.
En general podríamos decir que la preocupación por mantener puro el culto, para que se realize según el dicho del Señor «en Espíritu y Verdad», será la raíz de todo movimiento iconoclasta.
El iconoclasmo es una herejía imperial, es una lucha por la «verdadera religión» conducida sobre todo por dos Emperadores: León III (714-741) y su hijo Constantino V (741-775). Llevarán adelante las tesis anti-icónicas propuestas por 388 obispos en el Concilio de Hiería (754). Los argumentos se pueden resumir en tres proposiciones:
Los defensores o iconúdolos contestan sin mucha fundamentación teológica: afirman simplemente que el ícono es akeropita (no hecha por mano de hombre). El Concilio Niceno segundo (787) simplemente apela a la tradición: el culto de las imágenes sagradas es conforme a la tradición de toda la Iglesia.
En esta primera fase el pensamiento más profundo es el de San Juan Damaceno (657-749). En sus tres Discursos defendiendo las imágenes sagradas va a centrarse sobre todo en el misterio de la encarnación:
«Yo no venero la materia, sino al Creador de la materia que se ha hecho materia a causa mía; aceptó habitar en la materia y con la materia ha obrado mi salvación... Yo honro y trato con veneración también a toda la otra materia a través de la cual me ha venido la salvación, ya que está llena de potencia de gracia. ¿O no es acaso de materia la madera de la cruz? ¿Nó es materia el monte venerable y santo, el lugar del Gólgota? ¿No es materia la piedra y roca santa, dadora y portadora de vida, tumba santa, fuente de nuestra resurección?
¿No es materia el santísimo libro de los evangelios? ¿No es de materia la mesa vivificante que nos prepara el pan de la vida? ¿No son materia el oro, la plata con los cuales se hacen cruces, patenas y cálices? ¿Y ántes de estas cosas, no son materia el cuerpo y la sangre del Señor? Y entonces, elimina del culto y la veneración todas estas cosas, o sinó concede a la tradición de la Iglesia también la veneración de las imágenes santificadas por el nombre de Dios y por los amigos de Dios y por este motivo cubiertas con la gracia del Espíritu Santo» (I, 16).
El iconoclasmo va a ser retomado por el Emperador León V el armenio. Esta fase va a culminar con el Triunfo de la ortodoxia el 11 de marzo del 843.
Los iconoclastas en esta etapa se van a volver más exigentes y van a obligar a la Iglesia a elaborar mejor los argumentos pro-icónicos. El aporte decisivo luego continuado por los padres Capadocios y por San Máximo el Confesor lo hará el patriarca San Nicéforo de Constantinopla (758-829).
Distingue entre imagen natural (como la presenta Platón en el timeo) y imagen artificial (como la presenta Aristóteles en sus Categorías: dif. entre la physis y la tecné). La imagen natural nace de una relación de semejanza entre el objeto y su arquetipo. La trasfiguración de Cristo no cambia su naturaleza humana; el cristiano al ser divinizado por la vida cristiana, no se modifica en su ser natural (sigue comiendo, creciendo, padeciendo, muriendo).
Se profundiza también el valor y el significado de la oikonomia o dispensatio con el consecuente esclarecimiento de la relación entre Verbo creador y Verbo encarnado.
Otro aporte al esclarecimiento teológico lo hace San Teodoro Studita (759-826).
Teodoro clarificará la relación entre el prototipo (Cristo) y su presencia en el ícono. Va a exluir de la presencia una energía o necesidad material, ya que el ícono no realiza una participación entitativa en el cuerpo de Cristo. El que mira y se deja mirar por el ícono es el que participa de la naturaleza divina de Cristo, por estar bautizado. El ícono realiza un servicio en orden a tal participación.
El prototipo no está en la imagen según la escencia sino que tiene una relación de semejanza. La presencia del arquetipo en el ícono es análoga a la presencia del locutor en la palabra que profiere. La relación de semejanza realiza en el que mira una comunión con Cristo de orden intencional (orienta la mirada hacia aquel que mira).
En este sentido, la parte central del ícono son sus ojos: ellos son la ventana hacia el Rostro de Cristo. Los ojos están cargados de «intencionalidad» expresiva.
El segundo Concilio de Nicea (787) pone fin, desde el punto de vista teológico y dogmático a la controversia sobre los íconos. Los padres establecen que: «... de modo semejante a la imagen de la preciosa y vivificante cruz han de exponerse las sagradas y santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico y de otra materia conveniente, en las santas iglesias de Dios, en los sagrados vasos y ornamentos, en las paredes y cuadros en las casas y caminos, las de nuestro Señor y Dios y Salvador Jesucristo, de la Inmaculada Señora nuestra la santa Madre de Dios, de los preciosos ángeles y de todos los varones santos y venerables. Porque cuanto con más frecuencia son contemplados por medio de su representación en la imagen, tanto más se mueven los que éstos miran al recuerdo y deseo de los originales y a tributarles el saludo y adoración de honor, no ciertamente la latría verdadera que según nuestra fe sólo conviene a la naturaleza divina; sino que como se hace con la figura de la preciosa y vivificante cruz, con los evangelios y con los demás objetos sagrados de culto, se las honre con la ofrenda de incienso y de luces, como fue piadosa costumbre de los antiguos. «Porque el honor de la imagen se dirige al original (San Basilio) y el que adora una imagen, adora a la persona en ella representada.» (Ds 302).
El Concilio establece por lo tanto que se deben venerar de igual manera la imagen visible y la imagen verbal, la que entra en la mente por los ojos y la que entra por las orejas, la imagen luminosa y la imagen sonora, la palabra oral o escrita y una imagen. Dicen más: la imagen es una palabra, es un lenguaje análogo al de la palabra que realiza el anuncio y la celebración de la salvación.
El 11 de marzo, primer domingo de Cuaresma, se celebró en Constantinopla la victoria de los sostenedores de la latría a los íconos.
El kontákion, breve oración bizantina se sigue repitiendo desde entonces una y otra vez:
El Verbo incircumscripto de Dios Padre,
se ha circumscripto encarnándose en tí Madre de Dios,
y habiéndo restablecido la imagen (eikon) deformada
a su antigua dignidad,
la ha unido a la divina belleza.
Por lo tanto reconociendo y confesando la salvación,
nosotros la representamos con la acción y la palabra.
El Dios-Hombre, el Señor, está presente en su Palabra para hablarnos, en el prójimo para encontrarnos, en su Nombre para socorrernos, en su ícono para mirarnos, en la asamblea para reunirnos, en su Cuerpo y Sangre entregados para asimilarnos a Él.
Notas:
1. Las notas que siguen se basan fundamentalmente en los apuntes del curso Fundamentos para una teología icónica del P. Sante Babolin, Universidad Gregoriana, año académico 1986-87. Se puede consultar también: M. Donadeo, El ícono, imagen de lo invisible (Brescia 1980) hay traducc. cast.; Paul Eudokimov, L'Art de l'icone: théologie de la beauté, ed. BDB (Paris 1972) hay traducc. cast.; L. Ouspensky, Théologie de l'icone dans l'Eglise orthodoxe, éd. du Cerf (Paris 1980); C. von Schoenborn, L'Icone du Christ. Fondements théologiques élaborés entre le Ier et le IIe Concile de Nicée (325-787), éd. Universitaires Fribourg (Suisse 1976); E. Sendler, L'Icône, image de l'invisible: élements de théologie, esthétique et technique, ed. BDB (Paris 1981) traducc. italiana, ed. Paulinas (Roma 1984).
2. Daniel Ange (pseudónimo de P. Andronicof), El abrazo de fuego: el ícono de la Trinidad de Roublov, ed. BDB (Paris 1981) 45-46.
© Fernando Gil - Ricardo Corleto, 1998-1999
© Pontificia Universidad Católica Argentina, 1999
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