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«De la Iglesia»

Metropolita Antônio de Surug

«Voy a hablarles de cosas simples que puede ser útil recordar de todos modos. Voy a hablarles de Ia Iglesia. Si miran un catecismo, verán que Ia Iglesia ortodoxa está definida por un cierto número de características; es una comunidad cristiana cuyos miembros tienen en común una misma fe, los mismos sacramentos, una misma Jerarquía, una misma disciplina. Pero esa es una descripción muy superficial...»

ólo al penetrar en la iglesia comenzamos a descubrir lo que es: no es un edificio, es más que una comunidad humana; en ella, encontramos una presencia.

Khomiakov, el escritor ruso del siglo XIX, pudo decir que la Iglesia es el único misterio, el único sacramento del mundo; misterio en el sentido de que sólo puede ser conocido por comunión, y que encontramos frente a frente con lo que ella es en esencia nos sumerge en un silencio reverencial, nos conduce a la adoración de Dios. La Iglesia es más que una comunidad humana, aunque visiblemente sea eso. Se puede decir, con San Pablo y toda la tradición patrística, que es un cuerpo viviente, pero un cuerpo viviente simultánea e igualmente humano y divino. A primera vista, encontramos que la Iglesia está formada por todos nosotros. Hay órdenes, funciones, ministerios, pero en cierto sentido, somos todos laicos, miembros de una comunidad, miembros del Cuerpo del Cristo.

Si miramos más profundamente descubrimos que más allá de nosotros hay una persona en la Iglesia que le da una grandeza, una dimensión, un significado que la presencia del mundo entero no podría darle: el Primogénito de entre los muertos.

El primer miembro de la Iglesia se llIama Jesús de Nazaret y Él es no solamente Hijo del Hombre sino Hijo de Dios. Por su presencia, introduce en el interior, en el corazón mismo de la Iglesia, la presencia del Dios vivo.

Asi, en el plano humano, descubrimos a la Iglesia como la asamblea de pecadores arrepentidos, según una definición de San Isaac el Sirio y, a la vez, como una sociedad cuyo jefe es el Dios encarnado. Humana en nosotros y humana en él, pero de manera diferente. Nosotros somos humanos, hombres caídos y pecadores. La diferencia entre el pecador que encuentra salvación y el que no la encuentra - la expresión es de San Serafin. está en la elección que aquél hace de Dios y la determinación que manifiesta en su lealdad. En nosotros, la Iglesia es frágil, pecadora en cada uno de sus miembros; es imperfecta en su búsqueda constante de plenitud y de verdad. No es infalible en "el sentido que tan a menudo damos a esta palabra: que no puede cometer errores. Pero es invencible. Dios es garante de su integridad en la búsqueda y en la plenitud. Dios mismo es el garante de su verdad, pues la verdad no es una noción, no es un término, no es una filo o una concepción del mundo. La verdad - el Cristo nos lo dijo- es Él. La verdad es personal.

El hombre está representado en la Iglesia por el único hombre que fue perfecto, es decir, que fue humano en la acepción más plena del término, pues Jesús posee una humanidad sin mancha. Está libre de todo pecado. Nos muestra lo que la humanidad es, no solamente en la medida en que es un hombre sin pecado, sino también porque ser plenamente humano es ser un ser humano unido inseparable y perfectamente a Dios. Y si nosotros no estamos unidos a Dios no somos completamente humanos; somos perfectamente inhumanos.

San Máximo nos da una imagen de la encarnación: es la de una espada metida en un horno. Antes de ser introducida allí, es fria y opaca. Cuando sale, está brillante de luz, esplendorosa como el fuego, tanto, nos dice San Máximo, "que se puede ahora cortar con el fuego y arder con el hierro". Eso es el hombre completo, tal como vemos en Nuestro Senor Jesucristo.

Pero en la Iglesia no sólo está presente el Cristo. El dia de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, llenó la Iglesia y sigue siendo su fuerza viva. Asi, descubrimos en el Cristo, instruidos por el Espíritu Santo, una relación con el Padre. Pues sólo Él, el Cristo, puede conducirnos al Padre y el Espíritu Santo nos transfigura, nos transforma, hace de nosotros seres nuevos, capaces de permanecer inseparablemente unidos al Cristo y de entrar con Él en una relación con el Padre que es la del Cristo mismo.

San Ireneo nos dice que al final de los tiempos, cuando la victoria divina haya sido concluida, estaremos unidos con el Cristo por el poder del Espíritu Santo, y que en esta unión con el Cristo en el Espíritu Santo, nos convertiremos en el hijo único de Dios; no solamente los hijos del Altisimo, hijos e hijas de Dios, sino en el hijo único dentro del Hijo único. Hay aquí una indicación que nos permite comprender lo que dice San Pablo. Cuando le pedía al Cristo la fuerza de realizar su misión, el Cristo le respondió: "Mi fuerza se manifiesta en tu debllldad, te basta mi gracla" Qué fuerza humana, qué intensidad de voluntad, quê vigor de espíritu y de inteligencia podrian hacer de nosotros miembros vivientes de ese Cuerpo que crece sin cesar en el curso de la historia y que es la presencia encarnada del Cristo? l, Qué esfuerzo de nuestra parte podria obligar al Espíritu Santo, no solamente a darnos la fuerza del viento que hincha las velas de un barco, o a llenarnos como un liquido precioso llena un vaso, sino a penetrar en nosotros como el fuego penetra en la espada de la que hablaba hace un instante? Pues no sólo somos vasos que contienen al Espíritu Santo, sino que estamos impregnados por Él, santificados en nuestro espíritu, en nuestra alma y en nuestro mismo cuerpo.

Finalmente, por el Cristo, en el Espíritu, entramos en una relación nueva, que no podíamos ni soñar ni lograr, con el Padre: el Cristo es la puerta de entrada, el Cristo es el que hace hijos adoptivos: pero porque ellos están unidos a Él de manera inseparable y cada vez más perfecta, se convierten, no ya en hijos adoptivos, sino en hijos de Dios.

En lo que respecta a nuestra relación con el Cristo -y por Él con el Padre- retomaría con gusto la imagen del injerto que nos da San Pablo. El injerto consiste en tomar un rama que de otra manera moriría e injertarla en un tronco vigoroso y lleno de vida. Reflexionemos primero en el aspecto trágico de este hecho antes de ver su aspecto glorioso. En efecto, están las tijeras que cortan el injerto, separándolo de sus raíces. Este se encuentra entonces suspendido entre la vida efímera que era suya y una muerte segura. Pero, en un mismo gesto, el jardinero corta con su navaja el tronco vivificante. Y asi, herida contra herida, llaga contra llaga, el injerto es introducido en el corte. La sangre corre, sangre que mataria al injerto si se derramara hasta la última gota, pero que ahora es reemplazada por una sangre nueva, por la savia del Árbol de Vida.

De esta manera, estamos injertado en el Cristo. Morimos, y somos injertados, herida contra herida, en el Cristo crucificado. En un sentido, podemos decir que el Cristo es nuestra muerte pues sin Él no hubiéramos sido arrancados de esta vida efimera, transitoria, frágil. Y, al mismo tiempo, Él es nuestra vida, una vida nueva en nosotros y por nosotros.

Poco a poco, esta savia vivificante penetra en el injerto, se abre un camino por el interior de sus vasos. Poco a poco el Cristo revivifica, con una vida nueva y diferente, el injerto que, de todos modos, iba a morir de una muerte segura, a la vez natural y monstruosa, pues el hombre no fue creado para la muerte: fue creado para la vida eterna.

El injerto ahora se desarrollará hasta su plenitud, se convertirá en él mismo. La savia que sube del árbol vivificante no destruye su naturaleza propia, sino que le da un impulso nuevo y le permite convertirse en él mismo, ser lo que es.

Esta es la relación que establecimos gracias al bautismo, pero creo que sólo podemos establecerla si recibimos el bautismo de manera conciente. Si no, el bautismo es dado sólo como prenda de la vida eterna y debemos, más tarde, realizar por la fe y por el don de nosotros mismos, libremente deseado, lo que nuestros padres y amigos nos dieron gratuitamente.

Esto no quiere decir, en absoluto, que el don recibido en el bautismo no rinda efecto. Recuerdo que el padre Georges Florovsky, ese gran teólogo de nuestro tiempo, me decia que el bautismo dado a un nino todavia incapaz de hacer un acto de fe es como una semilla puesta en una tierra rica, solamente una semilla. Y esta semilla puede morir o desarrollarse. Bautizar a un nino no es un acto gratuito, es una responsabilidad que toman a la vez los padres y la comunidad eclesial: la de permitir que esta simiente se convierta en una planta y crezca a la medida de una vida plena y abundante.

La imagen del injerto nos permite vernos en el interior de la Iglesia. En el Cristo, nos hacemos parte integrante de su misterio. En el Cristo, crecemos, pero puesto que somos todos injertos insertados en un mismo tronco vivificante, somos uno, un único y mismo árbol. No somos una multiplicidad de arbustos. Somos el Cuerpo del Cristo en el sentido de que todas las ramas, todas las hojas, todas las flores y todos los frutos del árbol, con infinita variedad de colores y de potencial idades, están juntos en unidad.

Esto es importante, pues nuestra unión con el Cristo es a la vez el comienzo y el fin de un trayecto. La Encamación es el comienzo de la Parusía. Si el encuentro y la unión con Dios son el fin de toda vida humana, el único fin válido, el único medio para nosotros de ser seres humanos y no caricaturas o aproximaciones, la venida de Dios por la Encarnación en el mundo es ya el fin, pues el Dios Hombre está ya en la Historia.

Y cuando pensamos en la venida del Cristo en Gloria, pensemos que es el mismo Cristo venido en humildad, al cual estamos ligados de manera inseparable, quien aparecerá ante nosotros. Qué maravilloso saber que al fin, no en el sentido de un punto final sino de una meta alcanzada, está ya escatológicamente presente: todo ha sido ofrecido, todo puede ser recibido y todo puede ser consumado.

En la experiencia de la Iglesia, tenemos esta unión con el Dios viviente. Y cuando hablamos, en el Credo, de la unidad de la Iglesia, cuando hablamos de su santidad, hablamos de una santidad que no es nuestra y de una unidad que no nos pertenece. La unidad de la Iglesia, en el corazón de la Iglesia, es la unidad de las tres Personas de la Santa Trinidad, una, un único Dios. Participando de su unidad, nos convertimos en esta sociedad una, imagen de la Trinidad, de la que tan a menudo hablan los Padres. Si, la Trinidad es la única imagen, el único paradigma de la sociedad perfecta en la que todos son personalmente irremplazables y únicos, y donde todos son uno en perfecta armonía.

Del mismo modo, cuando hablamos de la santidad de la Iglesia, hablamos de la santidad de Dios, que habita en ella, no hablamos de nuestra santidad. Llevamos los dones santos en vasos de arcilla; todos somos vasos de arcilla.

Cuando hablamos de la Encarnación, que es el centro mismo de la Iglesia, pensamos siempre en el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre. Pero no insistimos suficientemente, me parece, en el hecho de que el Verbo se hizo carne, que la divinidad misma de Dios se unió inseparablemente con la materialidad corporal de Jesús. Y en esta materialidad corporal, el cosmos entero pudo reconocer su propia materialidad.

La Encarnación es un acontecimiento cósmico. No sólo cambia la historia humana, puesto que en el corazón de esta historia el Dios vivo se hizo parte integrante de nuestro destino. También el cosmos entero queda implicado en este misterio de la unión de Dios con la carne del Cristo, de la unión de Dios con la materialidad del cuerpo Encarnado.

Cuando pensamos, ahora, en personas que están fuera de la Iglesia y cuáles son los límites que vemos, hay tres cosas importantes sobre las cuales quiero atraer la atención.

Primeramente, Dios no puede ser inventado. Dios es la experiencia. La palabra alemana Goft, lo mismo que la palabra griega Theos (por lo menos, para una de sus posibles derivaciones) provienen de una raíz que indica que Dios es Aquel ante quien caem os de rodillas, de adoración. Dios es la experiencia primordial que hacemos de su santidad, de su trascendencia y, al mismo tiempo, de su presencia.

Tanto que, allí donde veamos a personas que creen en Dios, cualquiera sea la manera en que interpretan su experiencia, debemos pensar que han encontrado al verdadero Dios. No lo comprendieron ni captaron su naturaleza tal como el Cristo nos la reveló, pero Dios pasó ante ellos y ellos se inclinaron hasta la tierra ante Él. Debemos pues, cuando pensamos en los no-cristianos, pensar en su fe y en su experiencia de Dios con mucho más respeto que el que a menudo demostramos.

Es interesante citar aquí la respuesta que el Staretz Silvano del Monte Athos dio a un misionero que venía de China. Este decía que le costaba mucho convertir a los chinos.

- Y qué hace Usted para convertirlos?

- Voy a sus templos y los exhorto a que destruyan sus ídolos.

- Y quê le ocurre entonces?

Pregunta el padre Sllvano.

- Me echan afuera y me vapulean.

Y Sllvano contestó:

Penso que tendría Usted más éxito si se dirigiera a sus sacerdotes y les pidiera hablar con ellos de su rellgión para que ellos le contaran su experiencia de Dios. En sus relatos, Usted encontrará seguramente cosas hermosas, verdaderas y profundamente evangélicas. Oíga les entonces: "Quê hermoso, quê verdadero es esto! Y sin embargo, algo falta aun a la manera en que han captado esta realidad: este algo viene del Evangello" Entonces, o escucharán...

Vale decir que un hombre de espiritualidad tan vasta, profunda y simple como Silvano podía ver, más allá del Monte Athos y del cristianismo tradicional, ascético y maravilloso que era el suyo y el de su ambiente, a Dios que obra en el mundo.

En segundo lugar, recuerdo que un escritor antiguo decía que en el momento en que el herético más reprensible lee el Evangelio a sus fieles, no es herético, pues está dispensando la Palabra de Dios. Puede caer en la herejía cuando se ponga a comentar, pero cuando lee el Evangelio, es Dios quien habla.

Y si puede ser cierto que hasta en la herejía se está en presencia de la Verdad en el instante en que Dios habla, qué diríamos de las Iglesias mismas, infinitamente más cercanas a la verdad del Evangelio?

Hace un tiempo leí un artículo notable de un teólogo ruso muy fanático, el metropolita Antonio de Kiev. Hablaba de los herejes y explicaba la razón por la cual la Iglesia, de siglo en siglo, parece haber sido menos y menos dura con respecto a los heréticos que la abandonaban. Y daba dos explicaciones: la primera, es que a medida que el tiempo pasaba, que nos alejábamos del momento en que cada uno conoció a Cristo personalmente, la sensibilidad al error - sea error de doctrina o un error de vida - disminuían. Por eso, la Iglesia se hacía cada vez menos sensible a los heréticos, cada vez más benigna.

Pero no es esta la explicación que acepta el metropolita. Él afirma que las primeras herejías negaban lo esencial de la fe cristiana, la divinidad del Cristo o su humanidad. Pero a medida que el tiempo pasaba, cada herejía llevaba en ella una creciente cantidad de ortodoxia, tanto que las herejías estaban cada vez menos marcadas por errores tan totales, fundamentales o irremediables, que las comunidades que los profesaran no pudieran ser consideradas como Iglesias cristianas. No es esto algo infinitamente importante en nuestra situación ecuménica y en nuestra apreciación dei mundo cristiano y también del mundo que está fuera de la Iglesia?

Pero hay, en tercer lugar, algo más difícil aun de comprender. Tenemos tendencia a considerar el mundo ateo como un mundo enemigo de Dios y olvidamos algo que, para mí, es lo más desgarrante del Evangelio. El Cristo no sólo quiso identificarse con nosotros en los problemas menores de nuestra existencia: el hambre, la fatiga, la sed, la persecución, la traición... También quiso identificarse con nosotros haciéndose uno con la tragedia absoluta, que mata, que es la razón de nuestra muerte: la pérdida de Dios. En la Cruz, Él aceptó Identlflcarse con todos los que en el mundo habían perdido a Dios, de manera que Dios ya no existía para ellos: el ateísmo radical. Y oímos que, este ateísmo radical, grita desde la Cruz cuando el Senor, en los últimos instantes de su vida, en el limite de su muerte, se dirige al Padre: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?"

Él, la Vida eterna misma, el Hombre inmortal por su unión inseparable e infrangible con Dios, quiso tener la experiencia de la pérdida radical de Dios, quiso saber lo que quiere decir estar sin Dios. Y no hay un ateo en el mundo que haya medido la profundldad de la pérdida de Dios como el Cristo la experlmentó en la cruz y en su descenso a los infiernos...

Cuando pensamos entonces en la Iglesia que es ese Cuerpo a la vez divino y humano en el cual nos transformamos y en el cual el Cristo es una revelación de aquello en que debemos transformarnos, de aquello que estamos llamados a ser; donde el Espíritu Santo obra modelándonos, dándonos el conocimiento de Dios, uniéndonos con el Cristo, dirigiéndonos hacia el Padre; cuando pensamos en eso, nosotros, que estamos en este mundo de conocimiento relativo, en este mundo ateo, comprendemos nuestra función? No comprendemos que nuestra función no consiste en confinarnos en un ghetto litúrgico o teológico, sino en ser sembrados en el mundo, pues si la semilla no muere, no produce fruto?...

Estamos llamados a ir hacia el mundo allí donde lo necesite: allí donde hay odio, llevar el perdón, la compasión, el amor; allí donde hay desesperación, llevar una esperanza que está más allá de la desesperación. Recuerdo una traducción muy libre que un autor francês hizo de la últimas palabras de la misa latina: Ite, missa est! Id, vuestra misión comienza!

Fonte:

Fasciculo Fuentes - Junho/2003 - Nº 1
Iglesia Ortodoxa San Martin de Tours - Buenos Aires - AR

 

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