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George Florovsky:

Dídimo el Ciego

Traducción del inglés del Dr. Martín E. Peñalva

Georges Florovsky (1893-1979), fue uno de los teólogos rusos más importantes del siglo XX. En 1925 fue designado profesor de patrística en el Instituto de Teología Ortodoxa San Sergio, y en 1932, ordenado sacerdote en la Iglesia Ortodoxa. Años después, en 1949, se instaló en New York para tomar posesión como Dean del Seminario de San Vladimiro. Asimismo, fue profesor en las universidades de Harvard y Princeton. Su obra es considerable, e incluye títulos como The Ways of the Russian Theology, The Eastern Fathers of the Fourth Century, The Byzantine Fathers of the Fifth Century, The Byzantine Fathers of the Sixth to Eighth Century, The Byzantine Ascetic and Spiritual Fathers, más multitud de ensayos, todo ello reunido en catorce volúmenes.

I. Vida

ídimo vivió una muy larga vida y murió a la edad de 83 u 85 años. Las fechas aproximadas de su nacimiento y muerte son los años 313 y 398/399 respectivamente. Perdió su vista en la niñez, mas esto no le impidió completar el curso normal de estudios con tal distinción que fue confiado a la dirección de la escuela en Alejandría, probablemente por Atanasio, a una muy corta edad. El resto de su vida fue calmo y sin problemas, y la controversia arriana no lo afectó. Vivió no en Alejandría misma, sino en un pequeño pueblo fuera de la ciudad, donde pudo dedicarse a la disciplina ascética en soledad. Estaba predispuesto a la contemplación y meditación por su ceguera física.

Pasó gran parte del tiempo con los ermitaños egipcios y tuvo muchos discípulos entre ellos, incluyendo a Paladio, el autor de la Historia lausíaca, Jerónimo, Rufino de Aquilea, y Evagrio. Ascetismo y teología están estrechamente unidos en Dídimo, y en sus obras teológicas su razonamientos frecuentemente desbordan en oración. Un intenso sentimiento de pertenencia a la Iglesia y ser miembro de una comunidad más amplia añade un elemento de implicancia personal a su teología. Incluso de los teólogos demanda buenas obras, concentración interior, y piedad. La vida de Dídimo transcurrió sin interrupción entre ejercicio ascético y labor erudita. Los estudiantes acudían a él desde todos lados, especialmente desde Occidente.

Dídimo es importante por su erudición, no por su pensamiento independiente. No desarrolló su gran conocimiento en una síntesis especulativa, sino que la expresó en forma de una confesión de fe. Sabemos poco acerca de su actividad como maestro, pero aparentemente su método estaba fundamentalmente basado en la exégesis. En su teología está cercano a Orígenes, con quien comparte muchos puntos de vista. La doctrina de Dídimo sobre la Trinidad, sin embargo, está libre del extremismo y vaguedad de la enseñanza de Orígenes, como fue admitido incluso por Jerónimo.

La teología trinitaria de Dídimo fue desarrollada bajo la influencia de los Capadocios, especialmente Gregorio el Teólogo. Además, Dídimo estaba familiarizado con los escritos de Atanasio, y aparentemente también con los Cirilo de Jerusalén, Tertuliano e Ireneo. Estaba bien informado acerca de doctrinas heréticas y, en general, su contemporáneos estaban impresionados por su gran erudición y memoria. Su conocimiento de las ciencias profanas fue amplio, sino minucioso, y hacía frecuentemente referencias a los poetas clásicos. Aparentemente Dídimo no tuvo un particular interés en la filosofía, y no se inquietó por los problemas de la metafísica. Para él, como para Orígenes, la filosofía no es más que un estudio preliminar. Ya que Dídimo consideraba que el abuso de la filosofía era la raíz de toda herejía, es poco probable que dedicara mucho tiempo al estudio de las obras de los filósofos. Los elementos de filosofía que están contenidos en su sistema fueron probablemente adaptados a través de la teología. Tuvo una alta opinión sólo de Platón, mas su actitud hacia el neoplatonismo fue cautelosa y reservada. En general, Dídimo como erudito es un típico representante de la escuela de Alejandría.

Dídimo murió en los últimos años del siglo cuarto tan tranquilamente como había vivido. Es sólo posteriormente que se volvió un tema de controversia y fue sospechado de opiniones poco ortodoxas y origenismo (1). El primero en levantar esta acusación fue Jerónimo, aunque excluyó la doctrina trinitaria de Dídimo de su condena y siempre mantuvo gran respeto por Dídimo como exegeta. Hasta ese momento la autoridad de Dídimo permaneció sólida, incluso en Occidente. La teología de Ambrosio está extraída casi directamente de Dídimo, quien también ejerció una significativa influencia sobre Cirilo de Alejandría y sobre la doctrina trinitaria de Agustín. La cuestión de la ortodoxia de Dídimo llegó a ser un punto de controversia sólo en el siglo sexto, durante la controversia origenista. En el Quinto Concilio Ecuménico (Constantinopla, 553) un anatema fue pronunciado sobre su esjatología. Es poco claro si este anatema se extendió al mismo Dídimo, pero en todo caso su nombre fue desacreditado. Como resultado de esto su obra literaria continua desaparecida casi completamente, y sólo fragmentos y extractos han sobrevivido en varias colecciones posteriores. Las excavaciones en Tura, en 1941, creyeron haber dado con alguna de estas obras, mas es aún incierto si estas son auténticas.

II. Obras

Dídimo fue un escritor prolífico. El único de sus libros que ha llegado a nosotros completo y en su forma original es su extensa composición Sobre la Trinidad. Un solo manuscrito de esta obra, no en muy buena condición, fue descubierto sólo en 1759. Fue probablemente compuesto en su vejez, en un periodo poco antes del Segundo Concilio Ecuménico (Constantinopla, 381). Dicho libro debe ser considerado conjuntamente con un tratado Sobre el Espíritu Santo, que ha sobrevivido sólo en una traducción latina de Jerónimo. A pesar de su general fiabilidad, esta traducción no nos permite realizar conclusiones definitivas acerca de la terminología de Dídimo. Fue escrito antes de 381, y hasta el siglo dieciocho fue la única obra conocida de Dídimo. El cuarto y quinto libros sobre el Espíritu Santo, que había sido atribuido a Basilio, puede probablemente ser atribuido a Dídimo, como la Homilía contra Arrio y Sabelio que ha sobrevivido bajo el nombre de Gregorio de Nisa.

Las referencias y citas de autores antiguos nos permite reconstruir una lista parcial de muchas composiciones de Dídimo que han sido perdidas. Sobre los dogmas, Sobre la muerte de los niños, Contra los arrianos, otro libro conocido como la Primera palabra; y otros. Muchos de los fragmentos que han sobrevivido no pueden ser clasificados con precisión. De particular importancia es el comentario de Dídimo a Sobre los primeros principios de Orígenes. De acuerdo a Jerónimo, Dídimo trató aquí de proporcionar una interpretación ortodoxa para la doctrina de Orígenes sobre la Trinidad, pero aceptó indiscriminadamente ciertos rasgos heréticos de la teología origenista, especialmente con respecto a la caída de los ángeles, la caída de las almas, la resurrección, el mundo, y la restauración universal. Rufino hizo uso del comentario de Dídimo para su traducción de Sobre los primeros principios.

De las obras exegéticas de Dídimo sólo han sido preservados fragmentos en varias colecciones posteriores. No es siempre posible identificarlos positivamente, ya que el signo “Δι” puede referirse no solo a Dídimo, sino también a Diodoro o Dionisio. De acuerdo a Paladio, Dídimo fue el autor de una obra exegética tanto sobre el Antiguo como el Nuevo Testamento. Esto es aparentemente cierto ya que poseemos fragmentos del comentario de Dídimo sobre el Génesis, Éxodo, el Libro de los Reyes, Isaías, Jeremías, Oseas, Zacarías, Salmos, Proverbios, Job, Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, y Daniel. Del Nuevo Testamento Dídimo escribió sobre los Evangelios de Mateo y Juan, y de las cartas de Pablo comentó sobre Romanos, ambas cartas a los Corintios, y Hebreos. Jerónimo hizo gran uso de la exégesis de Dídimo y lo comparó con Platón, Aristóteles, Cicerón y Orígenes como un ejemplar comentarista.

III. Pensamiento

Pensamiento exegético

Dídimo es fundamentalmente un exegeta. Se expresa naturalmente en imágenes y locuciones bíblicas y su sistema es básicamente un sistema de verdades bíblicas. Para él la Biblia es un libro divino y espiritual, un libro que ha sido “ungido por Dios”. Distingue el Antiguo y el Nuevo Testamento sólo como dos aspectos diferentes “en nuestra reflexión”. El Antiguo Testamento es morada temporal y prefiguración de la verdad que nos prepara para la revelación total de los Evangelios. Sin embargo, aquellos que hablaron en tinieblas no estuvieron privados de conocimiento y fueron ellos mismos sus símbolos. Esto es especialmente cierto respecto del Salmista y el profeta Isaías. Por esta razón, el método de comentario de Dídimo es siempre alegórico y concuerda con Orígenes en ver la tarea del exegeta como la penetración y revelación de una verdad espiritual más elevada contenida en las imágenes literales de la Escritura. Esta es una senda de alegoría y ascenso αναγωγη (2). A este respecto Dídimo siempre permaneció un verdadero discípulo de Orígenes, pero estuvo mucho más atento al sentido literal de la Escritura, particularmente en el Nuevo Testamento. Frecuentemente proporciona análisis filológicos, especialmente en el caso de lecturas variables.

Pensamiento trinitario

Los escritos teológicos de Dídimo están fundamentalmente dedicados a la Trinidad. Esto puede ser explicado no sólo por las circunstancias históricas en que Dídimo trabajó, sino también por su experiencia personal. En su opinión, sólo una confesión de la Trinidad hace a un hombre un verdadero cristiano. La verdad de la Trinidad no es revelada en el Antiguo Testamento sino simplemente indicada en formas misteriosas. Posiblemente sólo en el Salmo 109 es ella expresada clara y abiertamente. Esta es la principal imperfección del Antiguo Testamento en comparación con el Nuevo.

La trascendencia de Dios

La doctrina de Dídimo acerca de Dios está basada en el trascendentalismo de Orígenes. Dios es superior a todo e inaccesible incluso a la mirada del serafín. Podemos hablar sobre Él sólo en imágenes o por medio de negación. Siempre que algo es dicho en relación a la esencia o naturaleza de Dios es necesario enfatizar que Su esencia es superior a la esencia. Definiendo la Divinidad por medio de la negación Dídimo frecuentemente usa el término “sin cantidad”. Cirilo de Alejandría es el único otro teólogo que es conocido por haber usado dicha expresión. El intelecto puede solo asombrarse ante Dios, y únicamente es posible conocerlo a través de la revelación de la Escritura. Sin embargo, Dídimo no separa a Dios de la creación. La Divinidad está continuamente activa en nuestro mundo, y en la providencia de Dios, que todo lo penetra, ve una justificación de las plegarias del hombre por cuestiones terrenales.

Imprecisión de Dídimo en el uso de terminología

La terminología que Dídimo usa en su examen de la Trinidad refleja la influencia de los Capadocios, y habla claramente acerca de tres hipóstasis y una esencia. Sin embargo, sus escritos aún mantienen rastros de la antigua identificación de los conceptos ουσια e υποστασις (3). Esto es especialmente evidente en su uso de la fórmula nicena “de la esencia del Padre”. Al mismo tiempo, frecuentemente se refiere a la generación del verbo “desde la hipóstasis del Padre”, mediante lo cual indica que la generación del Hijo es una propiedad hipostática del Padre. Parece que Dídimo usa el concepto de hipóstasis para enfatizar la realidad independiente de las tres personas. Parece también que sigue a los Capadocios al identificar υποστασις e ιδιοτης, (4) mas esto está poco claro. Asimismo, no hace uso del término προσωπον (5). De este modo, a pesar de la influencia de los Capadocios, el lenguaje de Dídimo no está enteramente libre de la oscuridad e indefinición de la usanza teológica más temprana. En general Dídimo no se esfuerza por la precisión en sus formulaciones. Este es un rasgo general de la escuela de Alejandría.

La unidad de las personas

La unidad de las tres personas de la Trinidad es vigorosamente expresada por Dídimo en diversas definiciones. Se refiere a un Reino, un Poder, un Dominio, una Voluntad, y un Deseo, acentuando la unidad de la actividad divina, y desde esto llega a la conclusión de la consustancialidad de la Divinidad. Este es un rasgo común de los Padres del siglo cuarto. Todas estas definiciones están incluidas en su concepción de una única Divinidad que es idéntica a Sí misma. Dídimo desarrolla la idea de la consustancialidad de las hipóstasis entre ellas y también de la Trinidad como un todo. A partir de ομοουσιος (6) forma el término ομοουσιοτης. Consustancialidad para él significa identidad de esencia y, por consiguiente, sustituye frecuentemente ομοουσιος por ταυτουσιος (7). A fin de oponerse a las enseñanzas de los arrianos, Dídimo deja clara la igual dignidad y poder de las hipóstasis de la Trinidad. Por esta razón rechaza como engañosa la fórmula “a través del Hijo” a causa de que da una impresión de desigualdad dentro de la Trinidad (8). En lugar de esto, los nombres de las hipóstasis deben estar unidas con la conjunción “y”. Con esta conexión Dídimo insiste constantemente en el “dominio” tanto del Hijo como del Espíritu Santo.

Las propiedades hipostáticas del Hijo y del Espíritu Santo

Dídimo fue influenciado por Gregorio el Teólogo, quien fue el más cercano a él entre los Capadocios, y define las propiedades hipostáticas del Hijo y del Espíritu Santo como “generación y procesión”. La distinción de dichos modos es inaccesible incluso a los ángeles, y Dídimo enfatiza que la generación divina es inequivalente a la generación de las criaturas. El Padre es la única fuente u origen de la Divinidad. Dídimo no tiene una expresión que sea análoga a la frase “a través del Hijo”, usada por Gregorio de Nisa. En cambio, habla acerca de la procesión del Espíritu Santo desde la fuente inmortal del Padre y, de este modo, evita cualquier indicio de desigualdad entre las hipóstasis. Dídimo lo considera de vital importancia para enfatizar la perfecta igualdad de las personas de la Trinidad.

Defendiendo su doctrina de los ataques heréticos, Dídimo atribuye las siguientes palabras a los labios del Verbo: “El Padre es Dios, y Yo también, porque soy su verdadero y amado Hijo Unigénito. El Padre es el Señor y Yo también lo soy. Soy el Señor de todo, el heredero del Padre viviente, y el dueño de la herencia, porque domino lo que es mío tanto como Creador y verdadero Hijo. Me volví la herencia a través de la Encarnación. El Padre es el creador y Yo también. Porque te he dicho: ‘Él es el Emperador y ha arreglado una boda para su Hijo el Emperador’. El Padre es inmutable y también Yo. Ha sido dicho de Mí: ‘Permaneces desde los siglos y tus años nunca pasarán’. El Padre es impasible y Yo también, y doy participación en dicha impasibilidad a aquellos que son míos. El Padre es eterno y Yo también lo soy, porque nunca hubo un tiempo en que el Padre no poseyera Su nombre, el esplendor personal de Su gloria, la imagen de Su hipóstasis, y la imagen de Su Divinidad, que soy Yo. El Padre es Vida, Luz, Bondad, Fuerza, Verdad y Sabiduría, y todo lo que es digno de Dios. Yo soy también el Salvador, el sol que brilla sobre justos y pecadores y que no devuelve mal por mal. El Padre ama a los hombres y yo los amo. Me he entregado por ti, he aceptado el aspecto de un esclavo, y de ti he soportado el ridículo, la humillación y la Cruz”. Un testimonio más fuerte de la consustancialidad del Hijo apenas puede ser imaginado.

La teología trinitaria de Dídimo está completamente libre de las herejías origenistas. Está cercano a las doctrinas de los Capadocios, mas sus similitudes no están restringidas sólo a los detalles externos de la teología. La inmediatez y vivacidad de la propia contemplación de Dídimo son evidentes en sus escritos sobre la Trinidad, que están frecuentemente desarrollados con la intensidad de la oración.

Pensamiento cristológico

El rasgo más llamativo de la cristología de Dídimo es su insistencia sobre la realidad e integridad de la naturaleza humana del Salvador. Esto también puede ser explicado por las circunstancias históricas, ya que en su tiempo, Dídimo estuvo involucrado en polémicas con los docetistas maniqueos (9) y los apolinaristas (10). También procuró refutar la negación arriana de la integridad del alma humana en Cristo. Al mismo tiempo, Dídimo acentúa la absoluta indivisibilidad de las dos naturalezas, que fueron unidas para siempre cuando el Verbo asumió la carne o, más exactamente, cuando se hizo hombre. Dídimo no examina la forma en que las dos naturalezas están unidas, pero deja claro que en esta unión permanecen definidas y sin cambios. Por alguna razón evita las palabras μιξις, κρασις and συναφεια (11). En cambio, se restringe al término indefinido “un Cristo único”, que indica las dos naturalezas, divina y humana, en Aquél que es uno y el mismo. Por esta razón hay un único culto de Cristo, que tiene dos naturalezas. En relación con esto, Dídimo siempre se refiere a la Virgen María como la Portadora de Dios (aparentemente el término Theotokos ya había sido usado por Orígenes y Pierio de Alejandría), y también hace hincapié en su continua virginidad (Atanasio hubo expresado esto con el término αει παρθενος). La segunda y humana generación del Verbo desde la Virgen, es un misterio que, en opinión de Dídimo, sólo puede ser comparado con su generación eterna desde el Padre.

Dídimo se refiere más frecuentemente a Cristo como el Salvador. Enfatiza que el significado primordial de la salvación es nuestra liberación del pecado y nuestra victoria sobre el diablo y los poderes de la muerte. Esta es aparentemente una característica del sistema de Orígenes. Dídimo también opone la desobediencia de Adán a la obediencia del Segundo Adán, una obediencia que se extiende incluso a la muerte sacrificial en la cruz, la cual considera vital para nuestra redención. El primer don de la salvación es la victoria sobre la muerte y la vida eterna. Dídimo no se encarga de la deificación, sino que habla únicamente acerca del retorno o la restauración de la imagen y semejanza, centrándose también en el rescate.

Dídimo y la apocatástasis

La doctrina de Dídimo acerca de la apocatástasis (12), si fue en realidad parte de sus enseñanzas, continua poco clara. Habla sobre una “salvación universal”, pero esta es para él mismo no concluyente. Parece haber dudado sobre el problema de la salvación de los ángeles caídos y haber limitado la redención obtenida a través de la asunción de Cristo de la carne y plena humanidad al género humano. La naturaleza fragmentaria de los documentos sobrevivientes no nos permiten hacer conclusiones definitivas, pero muy probablemente Jerónimo tenía razón cuando acusaba a Dídimo de confesar la restauración final del diablo. Aparentemente, Dídimo también acepta la preexistencia de las almas, y ve la vida después de la muerte como un proceso de purificación. Insiste que todo lo que tiene un origen o comienzo es mutable y debe tener un fin y, desde esto, concluye que el mundo material será finalmente destruido. Rechaza la metempsicosis y el metasomatismo, y su enseñanza sobre los cuerpos resucitados como cuerpos celestiales es clara. Dídimo sugiere que en el mundo futuro no habrá hombres malvados, no porque su esencia sea destruida, sino porque el mal “como cualidad” cesará de existir. Entiende al Día del señor como una iluminación interna del alma. Todas estas doctrinas revelan la influencia de Orígenes. Debe notarse también que Dídimo parece haber sentido que los últimos días estaban cerca y esperado la venida del Anticristo.

La vida cristiana

Dídimo pone gran énfasis en la necesidad del esfuerzo disciplinado y la lucha. No es suficiente estar sin pecado; la virtud debe ser un hábito constante y un estado. La vida del hombre como cristiano comienza con el sacramento del bautismo, que lo limpia de pecado y le devuelve su libertad. Luego de su renacimiento a través del bautismo, el creyente está libre y sin pecado, y el sendero de las buenas obras es abierto ante él. Dídimo considera a la sabiduría o conocimiento gnóstico como la más alta virtud. Dicho conocimiento no es abstracto o intelectual sino que es expresado en virtud y por la disciplina del alma. Dídimo ve un ejemplo del verdadero filósofo en Job, cuya imagen toma en su interpretación rasgos estoicos. La sabiduría puede ser adquirida sólo por la renuncia y la mortificación de la carne. Dídimo presenta la vida del auténtico cristiano como un matrimonio con Cristo, que era también la imagen favorita de los ascetas egipcios. Las almas santificadas participan del Verbo en un grado que están unidas con Cristo con tal intimidad que pueden ser llamadas cristos o dioses. En esta expresión Dídimo recuerda más a Metodio que a Orígenes. Dídimo concede un alto valor a la virginidad, pero deja claro que este camino no es para todos. Enfatiza que el matrimonio fue santificado y dignificado por el nacimiento de Cristo.

Seres incorpóreos

Dídimo expresa sus opiniones personales sobre los ángeles con particular vivacidad. Los ángeles son seres incorpóreos e “intelectuales”, mas Dídimo les atribuye “cuerpos celestiales” que son similares a los cuerpos de los justos que han logrado la perfección. Los ángeles son criaturas que han sido creadas para el servicio. Dídimo describe su participación en el destino del mundo visible, que es la razón por la cual los hombres están justificados al invocarlos a través de la oración y al dedicarles iglesias.

Los «verdaderos» gnósticos

Dídimo siguió el ejemplo de Orígenes oponiendo a los gnósticos, hombres para quienes un conocimiento más alto es posible, a los hombres que nunca pueden alcanzar la verdad, a los que no comprenden el sentido espiritual de la Escritura, y a aquellos que son incapaces de defenderse a sí mismo contra los herejes dando una confesión clara de su fe. La filosofía poseída por los verdaderos gnósticos es divina. Cuando Dídimo es comparado con los anteriores alejandrinos, se vuelve evidente que las distinciones que hace a este respecto son moderadas.

Notas del traductor

(1) A partir de la muerte de Orígenes (185/186-254), la figura más importante de la escuela de Alejandría y uno de los pensadores más influyentes de la historia de la cristiandad, se originaron fuertes controversias entre sus defensores (origenistas) y detractores, que encontraron su punto culminante en el año 543 con la condenación, a instancias del emperador Justiniano, de nueve proposiciones atribuidas a Orígenes, acerca de la preexistencia de las almas, la redención final de los demonios y hombres condenados, entre otras. Dicha condena fue aprobada por el Papa Vigilio y Menas, patriarca de Constantinopla. Dídimo, por haber sido fiel partidario de algunas de las doctrinas de Orígenes, sufrió las consecuencias de tales anatemas.

(2) Se conoce como anagógico (del griego ana = arriba, y agein = conducir) a uno de los sentidos de la Sagrada Escritura por el cual, a partir de una realidad o acontecimiento, nos elevamos a su significado eterno.

(3) Términos griegos que significan sustancia y persona respectivamente.

(4) Palabra griega que significa propiedad o atributo.

(5) Término griego que significa literalmente rostro. Fue utilizado particularmente por los teólogos de la escuela de Antioquia (Teodoro de Mopsuestia, Nestorio) y designa un ser ontológica y psicológicamente independiente. Esta noción de naturaleza como un todo psicológicamente autónomo será la raíz de la cristología herética de Nestorio, al postular tan solo una unión accidental de la naturaleza divina y humana en la persona de Cristo.

(6) Del griego homo = misma, y ousia = esencia, = de la misma esencia o consubstancial.

(7) Es decir, idéntico en esencia.

(8) En tiempos de Dídimo, la doxología trinitaria poseía dos expresiones: “Gloria al Padre a través del Hijo en el Espíritu Santo”, y “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, formulada por San Basilio Magno. Algunos herejes adoptaron la primera fórmula (especialmente los pneumatómacos, que negaban la divinidad del Espíritu Santo) para negar la igualdad de las tres personas divinas.

(9) El docetismo afirmaba que Cristo no había asumido la naturaleza humana realmente, sino sólo en apariencia. Asumió diversas formas desde tiempos apostólicos, estando ligado de modo particular a las herejías gnósticas y maniqueas, a causa de la doctrina sobree la incompatibilidad entre lo material y lo espiritual propugnada por estas últimas.

(10) Apolinar de Laodicea (muerto en 392) sostuvo dos esquemas cristológicos, ambos condenados como heréticos: el primero de ellos afirmaba que el Verbo, al encarnarse, tomó el puesto del alma en Jesús, lo cual implicaba que Cristo no había asumido la naturaleza humana en su totalidad. Condenada la negación del alma humana de Cristo por el concilio de Alejandría de 362, Apolinar cambió su esquema, afirmando que el Verbo ya no reemplazaría en Cristo al alma, sino al nous, al entendimiento. Esta explicación también es contraria a la fe ortodoxa, ya que implica la negación de la voluntad humana de Jesús.

(11) Términos cuyo significado es mixtura, mezcla, y conjunción o conexión respectivamente. Fueron utilizados por ciertos teólogos antiguos para explicar la unión de las naturalezas divina y humana en Cristo.

(12) La doctrina de la apocatástasis enseña fundamentalmente que al final de los tiempos todas las criaturas alcanzarán la salvación, incluso los demonios y los réprobos. Fue sostenida, entre otros, por Orígenes, San Gregorio de Nisa y Evagrio Póntico, aunque este error no afectó la ortodoxia general de los últimos dos.

Extracto de: The Eastern Fathers of the Fourth Century. The Collected Works of Georges Florovsky, vol. VII. Nordland Publishing Co., Belmond (Massachusetts), 1987. Traducción del inglés del Dr. Martín E. Peñalva.

 

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