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Matta El Meskin: pai espiritual dos monges, no Monastério São Macarius (Egito)

Teólogos Ortodoxos Contemporâneos:

Matta El Meskin

(1919–2006)

El Padre "Matías el Pobre" es uno de los pilares de la renovación actual en la Iglesia copta. Monje desde hace casi cuarenta anos, llevó durante mucho tiempo una vida eremítica en las grutas del desierto de Wadi el Rayyan, al sur de Egipto. En 1969, fue llamado por el entonces Patriarca Cirilo VI para renovar el antiguo monasterio San Macario, en Wadi el Natrum. Gracias a su carisma de Padre espiritual y a un enorme esfuerzo de reconstrucción, el monasterio cuenta hoy con más de ochenta monjes y se ha convertido en un centro irradiante de vida nueva, eje de desarrollo material para el desierto de Sceté, donde se encuentra, y de enseñanza espiritual dirigida no sólo a la nueva generación de monjes coptas sino también a las numerosos visitantes que son recibidos con conmovedora hospitalidad.

«La Plegaria por los Demás»

uando durante la plegaria sentimos el gozo de la comunión con el Cristo y somos juzgados dignos de llevar su cruz, esto no quiere decir que la plegaria haya llegado a su término. Por el contrario, ésa es una invitación para comenzar a iniciarnos en el misterio de la plegaria que supera el entendimiento humano: descubrimos que nuestras plegarias se convierten para las demás en una, fuente de potencia espiritual.

Aquél a quien el Cristo confía los secretos de su corazón y de su misión hacia los pecadores, recibe de El la potencia para consumar su obra y vivir su amor. El que ama a los pecadores como el Cristo los ama, que se compadece del sufrimiento de los pobres y de los enfermos y que está dispuesto a ocupar se de ellos, ése es justamente capaz de orar por ellos y obtener su curación, su consuelo y su aliento.

Incluso puede obtener para otros la remisión de sus pecados. Pues el hombre que se une al Cristo por la plegaria se hace capaz de ponerse en el lugar del pecador, de tomar sobre si el pecado del otro y toda su debilidad, y de soportar la corrección y el castigo. Por este hecho, y gracias a esta disposición y su unión con el Cristo, puede pedir para los otros el perdón de sus pecados y obtenerlo.

Aquí, la plegaria empieza a tener una de las funciones más importantes para la salvación de los otros y la manifestación de la misericordia divina en aquellos que están lejos de Dios por indiferencia o ignorancia.

Se convierte así en un apoyo potente para la predicación, en una fuerza misteriosa que otorga la Palabra justa y prepara los corazones a recibir la remisión y la salvación. Uno solo que ore con fervor, en su habitación y en secreto, puede producir, por su unión con el Cristo, la salvación de miles de personas.

Dios emplea nuestras oraciones para la salvación de los demás

Debemos saber que cuando Dios nos atrae hacia la oración no tiene en cuenta solamente nuestra salvación, sino que el desea también emplear nuestras plegarias para la salvación de los demás. Por eso la oración es una de las obras más fundamentales y más preciosas a los ojos de Dios.

El hombre que se esfuerza en el vida de plegaria y progresa rápidamente en el espíritu de abandono y de obediencia a la voluntad de Dios se convierte en "un buen soldado del Cristo Jesús". El Señor mismo lo llama todos los días a su presencia y lo ejercita en la intercesión a favor de los otros hasta ser escuchado. Recibirá pronto del Señor la potencia para salvar a numerosas personas y conducirlas del camino de la muerte hacia el seno de Dios.

El progreso de nuestra vida de oración se traduce por la intimidad de nuestro amor con Dios. Esta intimidad es la consecuencia directa tanto de la satisfacción que Dios siente por su condescendencia hacia nuestra debilidad, como de la amplitud del horizonte de nuestra humanidad; es decir, la conciencia aguda que tenemos de nuestro deber absoluto hacia los demás, de nuestra responsabilidad espiritual hacia los pecadores y aquellos cuya fe o caridad desfallecen, hacia los que sufren o están oprimidos, los que predican y anuncian la palabra.

Los grados superiores de la oración, en los cuales ésta se lanza a su perfección, tienen por signo la súplica ferviente con lágrimas a favor de los demás. Es como si nuestro progreso en la vida de oración nos fuera otorgado de hecho para bien de nuestros hermanos más débiles y que no saben orar. "Orad los unos por los otros, para ser curados". Y cuando Santiago nos exhorta a llamar a "los presbíteros de la Iglesia" para que oren por el enfermo que sufre, con el fin de curarlo, es porque se supone que el presbítero está más avanzado que los otros hombres en la vida de plegaria, y recibió más gracias como para dedicarse a orar por los demás.

Solo podemos progresar en los grados de la oración, adquirir una verdadera estabilidad junto a Dios y recibir el don de lágrimas en la medida del progreso de nuestra compasión hacia los que sufren y están maltratados (sea por los hombres, sea por el pecado): "Acordaos de los prisioneros como si estuvierais prisioneros vosotros mismos con ellos, y de los maltratados como miembros también de un cuerpos".

Nuestra comunión con Cristo, nuestra comunión con los sufrimientos de los hombres

Nuestra comunión con la pena de los que sufren, de los que están enfermos o mal tratados, y nuestra capacidad de llevar sus fardos no nos vienen de una simple filantropía humana, de una compasión pasajera o del deseo de ser bien vistos o bien considerados; pues una compasión de este tipo estaría destinada a disminuir muy rápidamente y a desaparecer. Es por la oración perseverante, pura, sincera, que recibimos esos sentimientos como un don de Dios; y ese don nos hace capaces no sólo de perseverar en esta comunión con los más débiles, sino también de progresar hasta el punto de ya no poder vivir sin ellos y encontrar reposo sólo compartiendo sus penas y sufrimientos. El secreto de este carisma reside en nuestra comunión con el Cristo, en nuestra participación de su naturaleza, y sus cualidades divinas, de manera que es El, ahora, "quien a la vez opera en nosotros la voluntad y la operación misma. Así, nuestra comunión con los sufrimientos de los hombres y nuestra comunión con el Cristo dependen fundamentalmente una de la otra hasta el más alto grado; de modo que llevar la cruz del Cristo significa participar de la cruz de los hombres, sin restricciones y hasta el fin...

Olvidarse a sí mismo en la oración es convertirse en embajador del Cristo

El olvido de sí comienza por un esfuerzo voluntario. Pero cuando se persevera con sinceridad ante Dios, Dios nos lo otorga como un don gratuito. Entonces, espontáneamente "ya no buscamos más nuestros propios intereses, sino que cada uno se preocupa de los de los demás...

Cuando abandonamos deliberadamente nuestras propias necesidades em la plegaria, y encontramos nuestro gozo únicamente pidiendo, suplicando y dedicándonos a los otros, entonces Dios mismo empieza a ocupar se de nosotros y a encargarse de toda nuestra vida, tanto en el plano material como en el plano espiritual, hasta en los menores detalles. Es decir que cuando nos ocupamos de los demás, Dios se ocupa de nosotros; y cuando limitamos nuestra plegaria y nuestra súplica a las necesidades de los demás, Dios colma nuestras necesidades sin que se lo pidamos.

Así se realiza, por medio de la plegaria, el designio salvífico del Cristo, que dice a sus Apóstoles:" Id y haced discípulas a todas las naciones”.

Dios le basta al hombre que le abrió su corazón, y ese hombre ya no debe pedir nada para si. Aquél que todavía no abrió su corazón a Dios necesita corazones amigos que intercedan por él ante Dios, para que Dios lo escuche por la oración ferviente de sus hermanos...

Los que amaron al Cristo y le son fieles, se convierten en verdaderos embajadores del Cristo en la tierra. Por sus oraciones y su don de sí, reconcilian a Dios con los hombres ya los hombres con Dios... En muchos casos es imposible entrar en relación con los pecadores o los extraviados, sea por su hostilidad, sea por la vergüenza que sienten ante nosotros. Pero por la oración superamos estos obstáculos que nos separan de ellos,... pues por la oración podemos acercarnos secretamente a su corazón, deslizarnos en él sin que lo sepan y gemir, identificándonos con ellos, como si nosotros mismos fuéramos pecadores y extraviados; todo eso, aun antes de que nos conozcan o nos hablen. Si desde el fondo de su corazón oramos y clamamos hacia Dios, soportando el peso de sus faltas y sus extravíos, Dios los escucha a través de nosotros; a pesar de su desobediencia natural, el arrepentimiento asalta su conciencia y el llamado al retorno se hace tan imperativo que rápidamente se dirigen hacia Dios y hacia nosotros, pidiendo nuestra ayuda.

La oración es una fuerza por la cual el hombre, por intermedio del Espíritu Santo, atrae a su hermano; pues es por el Espíritu que el Cristo atrae todo a El y transforma la dualidad en unidad.

Fonte:

En: Prière, Esprit Saint et Unité Chrétienne. Spiritualité Orientale nº 43 - Abbaye de Bellefontaine, 1990.

Revista Fuentes – 1993 - Argentina - “Teólogos Ortodoxos Contemporâneos.

 

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