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Santo Inmortal, Espíritu Consolador

OLIVIER CLÉMENT

Traducción de Luis Rubio Morán
sobre el original italiano I volti dello Spirito
EDICIONES SÍGUEME. SALAMANCA, 2015

Prólogo da obra «Los rostros del Espíritu»

l Espíritu es escurridizo, no tiene nombre ni rostro, no se sabe «ni de dónde viene ni adónde va», aunque «oyes su rumor» (Jn 3, 8); sin el viento, el árbol y el mar no elevarían su canto. El Espíritu tiende a confundirse con la interioridad más íntima, más personal del hombre, como con el misterio de Dios, porque «Dios es Espíritu» (Jn 4, 24). Ahora bien, decían los santos Padres que si Dios se ha encarnado, es para que el hombre pueda recibir el Espíritu. La finalidad de la encarnación, de la cruz, de la resurrección y de la exaltación de Jesús es Pentecostés. En Cristo, la Iglesia es «Iglesia del Espíritu Santo».

A lo largo de la Escritura, el Espíritu de Dios es el Soplo vivificador que ya actuaba en la creación, «incubando» maternalmente, como un ave, las aguas primordiales (cf. Gn 1, 2), en una especie de pentecostés cósmico. El Espíritu infunde en el hombre la vocación de ser «imagen de Dios» (Gn 1, 27). En hebreo, el término ruaj puede ser masculino y femenino. Hay, pues, una especie de sintonía entre la economía del Espíritu y la feminidad.

El Espíritu «habló por los profetas» (Ef 3, 5), ungió a los reyes, inspiró a los sacerdotes. Jesús, rey, sacerdote y profeta, se presenta como el «consagrado» por el Espíritu cuando afirma: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu hace posible la encarnación, es unción mesiánica de Jesús y permanentemente reposa sobre él, es su fuerza, su fe. Jesús exulta de alegría «en el Espíritu» (Lc 10, 21). Como muestran las grandes epifanías trinitarias del bautismo en el Jordán y de la transfiguración en el Tabor, el Padre ama en el Espíritu a Jesús y Jesús ama en el Espíritu al Padre. En los discursos de despedida del cuarto evangelio, Jesús completa la revelación de la misión del Espíritu: otro Paráclito (Jn 14, 6) – un abogado, un consolador que protege y vivifica –, el cual hará que los hombres interioricen la presencia de Cristo y les comunicará el amor trinitario.

De hecho, después de velar a Jesús muerto, el Espíritu lo ha resucitado y glorificado. El cuerpo «pneumático» de Cristo – no desmaterializado, sino plenamente vivificado (y vivificador), plenamente liberado (y liberador) de las modalidades del tiempo y del espacio, que son fuente de separación – se convierte en cuerpo eclesial, lugar sacramental en el que el Espíritu puede soplar con toda su fuerza. Eso es Pentecostés: viento y fuego, manifestación personal en plenitud del Espíritu, inaugurada en un momento concreto de la historia, pero desde ese momento convertida en continua preparación, en lenta maduración de la parusía.

En Dios, en la Uni-Trinidad, el Espíritu es ese misterioso «Tercero» en el que la dualidad Padre e Hijo es superada no con una asimilación indiferenciada, sino mediante la total diversidad personal en la completa «súper-unidad» [1], es decir, mediante la plenitud del amor. El Espíritu es «el Reino del Padre y la Unción del Hijo», como sugiere el Oficio de Pentecostés de la Liturgia bizantina:

Venid, pueblos,
adoremos la Divinidad trihipostática:
el Hijo en el Padre, junto con el Santo Espíritu.
Pues el Padre
ha engendrado intemporalmente al Hijo,
coeterno y reinante con él,
y el Espíritu Santo estaba en el Padre,
glorificado junto al Hijo;
un solo poder,
una sola sustancia,
una sola divinidad, que todos nosotros adoramos diciendo:
Dios Santo,
que lo has creado todo por medio del Hijo,
con la sinergia del Santo Espíritu;
Santo Fuerte,
por el cual hemos conocido al Padre
y por el cual el Espíritu Santo
ha venido al mundo;
Santo Inmortal,
Espíritu Paráclito,
que procede del Padre y en el Hijo reposa.
Trinidad santa, ¡gloria a ti! [2]

En el universo, que es nuestra «primera Biblia», si el Padre es fuente y el Verbo sabiduría y estructura, el Espíritu es vida, belleza, tensión hacia la plenitud, «Amor que mueve el sol y las otras estrellas», decía Dante [3]. En el hombre, el Espíritu es el que sella el carácter irreducible de la persona: «Las lenguas de fuego se repartían y se posaban una sobre cada uno de ellos» (Hch 2, 3). Sus grandes símbolos – el agua viva, el fuego, el viento, la paloma – expresan este impulso hacia el otro, esta confirmación de la existencia personal como superación y relación.

En el hombre, el Espíritu Santo es también el deseo, la «tensión hacia la vida más elevada», como recuerda Dionisio Areopagita. Es el Espíritu el que anima tanto las religiones de la alianza cósmica como las religiones de la Ley, y Pablo confirma que el Espíritu puede grabar las prescripciones de esa Ley en las conciencias, también en las de los paganos. El Espíritu es el que hace presente a Cristo justamente allí donde es desconocido: en la incansable búsqueda de la verdad, la belleza y el amor, en los gestos de verdadera bondad, en la humilde y profunda bendición inscrita en la existencia.

Y todo irradia silenciosamente de la Iglesia, sacramento de Cristo en el Espíritu, del Espíritu en Cristo, «para la vida del mundo» (Jn 6, 51). En cuanto tal, la Iglesia difunde la fuerza positiva de la resurrección, vida divina – hecha en Cristo divino-humana – que el Espíritu personaliza en cada uno a través de la infinita variedad de sus dones. La eucaristía es «Espíritu y fuego», afirma la tradición siria, y el Espíritu hace de la belleza litúrgica un anticipo del Reino. El Espíritu constituye a la Iglesia en «comunión», realidad que a veces se transparenta en la confianza y dulzura de los rostros; realidad inexplorada que se revela solo gradualmente en la comunión de los santos, en la luminosidad de una mirada o una sonrisa: en el rostro, desnudez del infinito.

Y el único rostro humano totalmente «espiritual» ‒ me refiero a alguien que ha existido ‒ es el de la Madre de Dios: «Toda santa», dicen los textos litúrgicos, los mismos que evocan al Espíritu Santo como «omni-santidad». Desde aquí se entrevé cuál puede ser el carisma de la mujer: quizás el de «dar a luz a Dios en las almas devastadas», como decía Pável Evdokimov.

Por eso la fuerza de la resurrección, custodiada silenciosamente en la Iglesia, debe ser irradiada tanto por cada persona como por la comunión de las personas, según una libertad inspirada, iluminada, creativa gracias al amor del Espíritu Santo. La tradición es precisamente esta perpetua «novedad del Espíritu» que fluye en el cuerpo de Cristo. El Espíritu suscita sin cesar nuevas vocaciones personales, las hace capaces de responder a los signos de los tiempos, a los interrogantes que plantea la historia, sacándolas de la inagotable riqueza del cuerpo de Cristo.

Es cierto que el Espíritu no tiene una palabra diferente de la del Verbo, pero el que «cree en mí ‒ dice Jesús ‒ realizará las obras que yo hago y hasta las hará mayores» (Jn 14, 12). La revelación no está cerrada, en el sentido de que su esencia es inefable, escatológica, y de que el Espíritu, hasta la parusía, puede todavía suscitar, según los tiempos y los momentos, revelaciones de la revelación. De ahí que esta «novedad», en la que todas las culturas humanas son llamadas a dar gloria, no puede suponer una ruptura, sino que ha de darse en fidelidad. La tradición es una sinfonía inspirada por el Espíritu: todas las generaciones, todos los lenguajes (incluido el de las aves, Messiaen lo ha entendido bien) son llamados a crear esta composición. El Espíritu, a través de las manifestaciones todavía incompletas y de los sucesos trágicos de la historia, prepara la segunda venida del Señor, la plena fructificación de la semilla de Cristo gracias a la oración de los santos, a la sangre de los mártires y a todas las creaciones en las que se inscribe la «vida más elevada».

El término «espiritualidad» significa «vida en el Espíritu». Por medio de la gracia de la cruz, el ámbito de la muerte se convierte en ámbito del Espíritu. Comienza en el hombre la respiración dilatada del Espíritu que lo hace capaz de «convertir todas las cosas en eucaristía» (cf. 1 Tes 5, 18). El Espíritu nos introduce «en las profundidades de Dios» (1 Cor 2, 10), nos permite confesar que «Jesús es el Señor» (Rom 10, 9) y llamar al Inaccesible «Abba, Padre» (Rom 8, 15). El Espíritu es el que nos revela la esencia de la verdadera paternidad, sacrificial y liberadora; Dios, en Jesús, nos libera de la separación y de la muerte, y nos comunica su Respiración, el espacio infinito de la vida, del gozo, de la libertad.

Por una parte, el Espíritu dilata al hombre, lo derrama en libación en la unidad del cuerpo de Cristo, donde la humanidad entera se encuentra ‒ en el sentido más realista de la expresión ‒ «recapitulada». Así, en la medida en que el hombre humildemente hace más experiencia de sus propios límites, más dilatado se halla por el Espíritu Santo: todos los hombres están en él, igual que el mismo universo, al que el Soplo arrastra consigo. «El mundo es interior», afirmaba Pierre Emmanuel.

Por otra parte, el Espíritu vuelve a centrar al hombre en ese punto de unificación y de transparencia que es el corazón. En el despertar del corazón acontece que la respiración del hombre se une a la Respiración de Dios en la invocación del nombre de Jesús; en efecto, el Soplo, tanto en la interioridad de Dios como en la del hombre, es «poder manifestador del Verbo» [4]. Cristo nos hace «pneumáticos» y el Espíritu nos hace «crísticos», hasta aquella misteriosa unidad de los Dos que llevan al Padre, unidad que Pablo sugiere cuando dice: «El Señor es el Espíritu» (2 Cor 3, 17).

Escribe Simeón el Nuevo Teólogo: El Espíritu es para los santos eso que las Escrituras dicen sobre el reino de Dios: la perla, el grano de mostaza, la levadura, el agua, el pan, la bebida de la vida, la cámara nupcial, el Esposo, el Amigo, el Hermano, el Padre… Totalmente sumergido en las profundidades del Espíritu, el hombre está como depositado en el centro de un abismo infinito de aguas luminosas… Sé que no moriré porque estoy en el centro de la vida y la siento irrumpir dentro de mí en plenitud.

El hombre así transformado se convierte –como escribe también Simeón – en «un pobre que ama a los hombres». Para él, poco a poco la ley va siendo sustituida por las exigencias del amor, de su paciencia, de su «pasión», de su creatividad, mediante la cruz y la resurrección. «El fruto del Espíritu ‒ enseña Pablo‒ es amor, gozo, paz… bondad, fidelidad, dulzura, dominio de sí; contra todo esto no hay ley» (Gal 5, 22-23). El hombre se hace entonces pneumatikós, «espiritual»: descubre su verdadera naturaleza, su espontaneidad profunda, como inseparables de la gracia; sus virtudes son otras tantas formas de participación en los nombres divinos que ellas reflejan; la imagen de Dios en él se hace semejanza. Reza ya con todo su ser, incluso al ritmo de su cuerpo: Cuando el Espíritu establece su propia morada en un hombre, éste ya no puede dejar de orar, el Espíritu no cesa de orar en él. Duerma o vele, la oración no se aparta de su corazón. Cuando bebe, come, duerme o trabaja, el perfume de la oración exhala de su alma… Los movimientos de la inteligencia purificada son voces mudas que entonan, en secreto, una salmodia al Invisible [5].

Entonces, en el Espíritu, el hombre percibe la verdad de los seres y las cosas, el universo como don de Dios y liturgia, la historia como los dolores que acompañan al dar a luz el Reino. Percibe el dinamismo introducido por el Espíritu en la concatenación aparentemente «entrópica» de los fenómenos, entrevé la venida liberadora de Cristo y se hace capaz de colaborar con este acontecimiento. Recibe el don de la compasión, de la sympatheia, en el sentido fuerte de «sentir con», «padecer con». A veces se convierte en un auténtico padre espiritual, capaz de despertar, interceder, sanar.

Pero además de estos triunfos últimos, aunque en realidad a su luz, la existencia más humilde y más cotidiana puede ser iluminada en y por el Espíritu. Los verdaderos carismas no son aparentes, y están mucho más difundidos de lo que solemos imaginar. Piénsese en esta observación de Kierkegaard en su Diario: «El vasto desarrollo de la historia y del mundo se vanagloria de su nil admirari [no sorprenderse de nada], mientras que la Biblia nos enseña que hay que empezar por el admirari [sorprenderse, admirarse]». El don de quien se maravilla ante toda vida y de quien acoge al otro como una revelación, el don de quien infunde en el ánimo de los hombres, en estos tiempos de «nihilismo», el «coraje de existir», el don de quien ayuda a los hombres a enraizarse en la existencia mediante la creación de vida y de belleza en el seno de la sociedad y la cultura, son todos carismas del Espíritu. Precisamente porque Cristo ha resucitado y Pentecostés comenzó, el Espíritu constituye ya el fundamento, la respiración de nuestra existencia, y transforma en lo más íntimo de nosotros la angustia en confianza, la «tristeza por la muerte» en «tristeza por Dios» (cf. 2 Cor 7, 10), inundando constantemente de luz nuestras experiencias de muerte.

El último día, el más importante de la fiesta, Jesús, puesto en pie ante la muchedumbre, afirmó solemnemente: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. Como dice la Escritura, de lo más profundo de todo aquel que crea en mí brotarán ríos de agua viva». Decía esto refiriéndose al Espíritu que recibirían los que creyeran en él (Jn 7, 37-39).

Para adquirir esta obra: Editorial Sigueme

Notas:


[1] Expresión que Dionisio el Areopagita usa a menudo, particularmente en su obra Los nombres divinos, en Obras completas, Madrid 32014.

[2] Idiómelon para las vísperas de Pentecostés en el rito bizantino, en An-thologhion di tutto l’anno III, Roma 2000, 519

[3] Último verso de la Divina comedia.

[4] Juan Damasceno, La fe ortodoxa I, 7.

[5] Isaac de Nínive, Discursos I, 35. Los Discursos se citan por el número romano (I: Primera colección) seguido de la numeración respectiva (este texto, en concreto, se encuentra en la antología de Isaac de Nínive El don de la humildad, Salamanca 22014, 128 [N. del T.]).

 

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